La historia de la fe en nuestra ciudad se remonta a los mismos días en que estas tierras comenzaban a transformarse en pueblo.

Entre soldados, fortines y largas jornadas en la inmensidad pampeana, también llegó la espiritualidad, acompañando a quienes levantaron los primeros cimientos de la comunidad.

Junto al Coronel Campos arribó el primer capellán, Julián Perea, hombre de profunda fe y gran amigo del coronel,

quien acompañó a las tropas en aquellos tiempos difíciles y fundacionales. Con ellos también llegó la primera imagen religiosa que conocieron estas tierras:

la Inmaculada Concepción de María Auxiliadora, devoción personal del Coronel.

Aquella imagen, sencilla pero cargada de simbolismo, viajaba sobre la cureña de alguno de los cañones de la brigada y frente a ella los soldados juraban fidelidad

antes de internarse en la inmensidad del desierto. Ante esa misma figura sagrada también serían bautizados los aborígenes de Tripailao y Pichi Huinca,

en un encuentro que mezclaba fe, historia y destino en el corazón mismo de la frontera pampeana.

Muy pocas veces fue contada la historia de esa María Auxiliadora protectora de los cuarteles, y sin embargo fue ella quien acompañó

el nacimiento de las primeras capillas y terminó convirtiéndose en una de las imágenes más significativas de nuestra iglesia.

El Padre Perea celebraba misa en el espacio destinado a plaza pública, que en aquellos primeros años era la Plaza de Armas,

lugar donde flameaba la bandera argentina entre formaciones militares y toques de clarín. Allí, sobre un altar improvisado armado con las cureñas de los cañones

que hoy descansan en la rotonda del Parque Campos, el sacerdote reunía a soldados, oficiales y al Escuadrón de Baqueanos Alsina, integrado por aborígenes,

bajo el mismo cielo pampeano y la misma ceremonia de fe.

La Primera Capilla nació en terrenos del propio Coronel Campos. Al construir su vivienda, destinó una humilde habitación de cuatro metros por tres,

ubicada a unos quince metros de la calle General Roca y cercana a la comandancia. Pequeña en dimensiones, pero enorme en significado,

aquella sala se convirtió en el primer refugio espiritual de la población naciente. Allí, orientado hacia el oeste, descansaba el altar con

la imagen de la Inmaculada Concepción de María Auxiliadora traída por ellos en aquellos años de campaña.

Los domingos, la escena adquiría una solemnidad inolvidable. El capellán y sus monaguillos ocupaban la pequeña capilla mientras, sobre la calle General Roca,

formaban los cuerpos de la 3.ª Brigada; luego el 1.º de Caballería, el 1.º de Infantería y finalmente el Escuadrón Alsina. Jefes, oficiales,

soldados y baqueanos compartían el mismo momento de oración, en una tierra donde la fe, la historia y el sacrificio comenzaron a caminar

juntos desde los primeros días de nuestra ciudad.

La Segunda Capilla se concretó al finalizar la construcción de la comandancia de la brigada. Para ello, el Coronel Campos destinó la última habitación del edificio

para uso religioso, con salida hacia la calle Roca. Allí continuaron celebrándose las misas con las mismas formaciones militares. Esta nueva capilla,

algo más amplia que la anterior, contaba con unas dimensiones de cuatro metros por cuatro y medio. Cabe recordar que aquella comandancia se

transformaría más tarde en la Casa de Gobierno, una vez designado el primer gobernador del territorio.

La Tercera Capilla fue instalada en una cuadra perteneciente al emplazamiento del batallón de infantería, luego de reiterados pedidos del Padre Perea.

El gobernador Ayala destinó ese espacio para su funcionamiento. Su ubicación se encontraba sobre el sector oeste de la manzana, en la esquina

de las calles Roca y Buodo. La construcción tenía aproximadamente veinte metros por quince, con doble entrada sobre el frente oeste.

Con el paso del tiempo, y debido a las condiciones del lugar, que no conformaban a los padres encargados de la misión, comenzó a levantarse una cuarta capilla

más hacia el centro de la manzana y frente a la calle Buodo. Allí empezó a tomar forma el sueño de la iglesia propia, una obra largamente anhelada

por la comunidad y de la que hablaremos en otra oportunidad.