Dos metas: la salud y la solidaridad humana

Alrededor de 1890, apenas conformado el Pueblo de General Acha como entidad municipal y social, se institucionalizó la prestación de servicios de salud

y ayuda a los menesterosos por medio de lo que se llamó la “Casa de los pobres”, dependiente del Municipio y que funcionó hasta 1901

en un modestísimo local ubicado en una de las esquinas de las calles V. Rodríguez y Martínez de Hoz.

Luego, la demanda de más y mejores servicios y una más completa funcionalidad, acorde a las necesidades de la inmensa zona vinculada geográfica y

económicamente a General Acha, hizo necesario encarar una obra de mayores proyecciones. Para ello fueron convocadas las damas Achenses de antaño

que, junto a sus esposos, hijos y convecinos, se constituyeron en las pioneras de aquellos tiempos iniciales de General Acha y La Pampa.

La historia de la fe en nuestra ciudad se remonta a los mismos días en que estas tierras comenzaban a transformarse en pueblo.

Entre soldados, fortines y largas jornadas en la inmensidad pampeana, también llegó la espiritualidad, acompañando a quienes levantaron los primeros cimientos de la comunidad.

Junto al Coronel Campos arribó el primer capellán, Julián Perea, hombre de profunda fe y gran amigo del coronel,

quien acompañó a las tropas en aquellos tiempos difíciles y fundacionales. Con ellos también llegó la primera imagen religiosa que conocieron estas tierras:

la Inmaculada Concepción de María Auxiliadora, devoción personal del Coronel.

 

Queremos expresar nuestro profundo agradecimiento a Valeria Mammanna Sobrina, de R.P. Carmelo Mammanna,

quien fuera Director y Párroco del Colegio y Parroquia “La Inmaculada” entre los años 1968 y 1971,

por la valiosa donación a este Municipio de un álbum con fotografías y enseres escritos,

testimonio vivo de su incansable labor como trabajador de la fe.

Durante su paso al frente de la comunidad, se llevaron adelante numerosas obras que dejaron una huella imborrable.

Fue uno de los impulsores de aquella fiesta que todavía recordamos “La Fiesta Provincial de La Lana”,

El resurgimiento de La Banda Salesiana, Entre ellas se alza, imponente, “La Cruz del Cristo de los Misioneros”,

símbolo de fe y esfuerzo colectivo. Con sus 17 metros de altura —2 de ellos firmemente anclados en una base de hormigón armado y 15 elevándose hacia el cielo

esta obra se convirtió en un faro espiritual para toda la región.

(Buenos Aires, 27 de abril de 1847 - 15 de diciembre de 1908) fue un militar argentino forjado en el fragor de las guerras que marcaron el destino del país: la Guerra del Paraguay, las últimas guerras civiles y la Conquista del Desierto.

Biografía

Hijo del estanciero y teniente coronel Martín Teodoro Campos y de María Luisa López Camelo, y hermano de los también generales Luis María y

Julio Campos, creció en un entorno donde el deber y las armas eran parte del destino. Se formó en el Colegio Nacional de Buenos Aires, pero su verdadera escuela sería el campo de batalla.

A los 17 años se enroló en la artillería, aunque pronto el llamado de la Guerra del Paraguay lo llevó a la infantería, donde templó su carácter en combate.

Estuvo presente en algunas de las batallas más cruentas del conflicto: Yatay, Uruguayana, Estero Bellaco, Tuyutí y Curupaytí. Fue allí, en medio del fuego y la sangre, donde cayó gravemente herido, al igual que su hermano, compartiendo no solo la guerra, sino también sus cicatrices. Bajo el mando de ese mismo hermano,

también combatió en las campañas internas, enfrentando a los federales en Cuyo y siendo nuevamente herido en San Ignacio.

Lejos de retirarse, volvió al frente paraguayo. En Paso Pucú, Piribebuy e Itá Ibaté continuó luchando con firmeza, siempre en la primera línea.

Luego, ya en territorio argentino, participó en las campañas contra Ricardo López Jordán en Entre Ríos, consolidando su nombre entre los hombres de armas.

En 1874 alcanzó el grado de teniente coronel, comenzando a forjar su propio camino. Combatió las últimas resistencias en Santiago del Estero y

más tarde asumió funciones clave en Buenos Aires, como jefe de bomberos e inspector de armas, mostrando que su vocación de servicio iba más allá del campo de batalla.

En 1879 formó parte de la histórica Conquista del Desierto como ayudante del general Julio Argentino Roca. Aquella campaña marcaría un antes y un después en  la expansión territorial del país, y le valdría el ascenso a coronel.

De regreso en la capital, ocupó cargos de responsabilidad militar y combatió en la revolución de Carlos Tejedor, manteniéndose siempre cerca del poder, incluso como comandante de la escolta presidencial.

En 1882 fue designado comandante de la frontera sur de Buenos Aires. En esas tierras, donde antes rugía el peligro de los malones, dejó una huella duradera al fundar el pueblo de General Acha, consolidando la presencia del Estado en la región. Poco después, alcanzó el grado de general.

Pero su vida no estuvo exenta de controversias. En 1890 se unió a la Revolución del Parque como uno de los jefes rebeldes. Su actuación fue discutida por la historia: algunos lo acusaron de haber jugado un doble rol, negociando en las sombras el destino del levantamiento. Mientras tanto,

su hermano Julio caía en combate, sellando con sangre el episodio. A pesar de todo, Campos no fue castigado: por el contrario, su carrera política continuó en ascenso.

Fue diputado nacional, jefe de Policía de Buenos Aires, senador provincial y nuevamente diputado, consolidándose como un hombre influyente. Desde la política, defendió con firmeza la modernización del ejército, acompañando las reformas impulsadas por su hermano Luis María y por el general Pablo Ricchieri.

Sus restos descansan en el Cementerio de la Recoleta, bajo una tumba que refleja la estatura de su vida.

Murió en Buenos Aires en diciembre de 1908, dejando tras de sí la historia de un hombre atravesado por la guerra, el poder y las decisiones que marcan una época. 

 

Recopilacion: José Carlos Massolo - texto del Libro del Centenario 

La Historia de La Luz Cuando el invierno todavía se aferraba a la tierra pampeana, un contingente al mando del entonces Coronel Manuel J. Campos

llegó al paraje Quetre Huitrú Lauquen. Venían de un intento fallido por fundar un pueblo en Traru Lauquen “El Carancho”. Pero la historia,

caprichosa y persistente, les tenía reservado otro destino. Aquel paraje, enclavado en el Valle Quiñe Malal,

los recibió con la serenidad de sus lagunas y el silencio abierto del paisaje. Rodearon la laguna El Carrizal y eligieron asentarse sobre un albardón

equidistante entre las dos lagunas, cerca de un gran caldén que oficiaba de mojón natural y transformado en mágico según la creencia de

aquellos primeros habitantes de este lugar. Allí decidieron acampar. Sin saberlo, estaban encendiendo la primera chispa de lo que sería un pueblo,

llegaron a este lugar un primero de agosto de 1882. Esa noche, las primeras luces no fueron más que fogones, antorchas, candiles y algunos faroles que combatían la oscuridad.

El resplandor del fuego iluminó rostros curtidos y esperanzas intactas. Faltaban apenas once días para lo que sería la fundación formal del pueblo.

Con el correr del tiempo, los candiles y faroles comenzaron a poblar las noches del incipiente poblado. Primero fueron Los faroles de kerosene;

luego llegarían los de carburo. La calle Campos se iluminaba con faroles montados en columnas ubicadas en el centro de la calle y en las esquinas de la zona céntrica.

Cada atardecer, Dionisio Vega recorría las calles para encender las lámparas, y cada madrugada regresaba para apagarlas. Su figura, entre luces titilantes y sombras largas,

se volvió parte del paisaje nocturno. La primera usina eléctrica. Fue una empresa privada, propiedad de Clara y Buffa, que comenzó a funcionar en 1916

en dos galpones de la calle Lavalle 731/741. Los motores a vapor dieron los primeros impulsos; luego llegaron los que funcionaban a gas de carbón,

y finalmente los modernos motores Deutz. Con el tiempo, se incorporó un motor diésel de dos cilindros, desplazando definitivamente al antiguo a vapor.

El primer maquinista fue un gallego anarquista de apellido García, personaje singular en aquellos años de transformación. El servicio eléctrico se extendía

hasta la medianoche o, en ocasiones, hasta la una de la mañana. Más allá de ese horario, el pueblo volvía a entregarse al dominio de la noche.

Aquella empresa no perduró demasiado y terminó siendo negociada con la municipalidad. Sin embargo, la voluntad de progreso no se detuvo.

Según relata el padre Celso Valla en Un siglo de actividades salesianas, el padre Tarcuni continuador del padre Orsi entre 1915 y 1921,

instaló en el colegio la primera usina eléctrica que funcionó en el pueblo.

Décadas más tarde, el 6 de febrero de 1956, convocados por el comisionado municipal don Pascual Vigorito, un grupo de vecinos se reunió con un

propósito común: crear la cooperativa de electricidad. Aquella decisión colectiva fue otro acto fundacional, una nueva llama encendida en la historia.

Desde los fogones que rasgaron la oscuridad en 1882 hasta el resplandor eléctrico que transformó las noches, la historia del pueblo es también la historia de su propia luz:

una conquista lenta, sostenida por la perseverancia y el trabajo de sus habitantes.

Recopliacion: José C. Massolo

Fuentes: Revista 50 Aniversario COSEGA y Libro "Un Siglo de Actividades" de Celso Valla S.D.B.