Nicolás Isidro Bardas nació en Buenos Aires en 1891, en una ciudad que comenzaba a forjar su identidad cultural mientras se abría al mundo.

Desde joven sintió el llamado del arte y encontró en la Academia Nacional de Bellas Artes el primer espacio para dar forma a su vocación.

Allí inició un camino que lo llevaría mucho más lejos de lo que imaginaba. En el taller del escultor Lucio Correa Morales aprendió que la materia

ya fuera mármol, bronce o pintura no se domina sin disciplina ni pasión. Pero su horizonte no se limitó a la Argentina. Europa lo atrajo como un

faro para tantos artistas de su tiempo. En sus viajes frecuentó los talleres de Auguste Rodin y Antoine Bourdelle, donde la escultura se concebía

como fuerza, tensión y movimiento. También conoció a Hermen Anglada Camarasa, quien lo introdujo en el universo de la pintura y amplió su

mirada estética. Aquellas experiencias marcaron su espíritu y consolidaron una obra que combinaría solidez formal y sensibilidad expresiva.

Desde muy temprano participó en el Salón Nacional, primero en la sección Escultura, en 1911, 1912 y 1931, y más tarde en la sección Pintura,

en 1938 y 1939. Su nombre también cruzó fronteras: figuró en el Salón de París y en exposiciones de Ginebra, Barcelona, Tarrasa, Nueva Orleans,

Los Ángeles, San Francisco y Nueva York. Su obra dialogaba con el mundo, pero conservaba una raíz profundamente americana.

Su camino lo llevó luego a Centroamérica. Residió en México y en Costa Rica, donde no solo creó, sino que también enseñó. En tierras mexicanas

dejó una huella monumental: el Monumento a Emiliano Zapata y el dedicado a los Niños Héroes en el Castillo de Chapultepec, obras donde la

historia se vuelve piedra viva y memoria colectiva. Allí, el arte no fue mero ornamento, sino afirmación de identidad y homenaje a la gesta.

De regreso a la Argentina, continuó su labor docente en institutos de enseñanza media y en la Escuela Nacional de Bellas Artes, formando nuevas

generaciones de artistas. En Buenos Aires levantó el Monumento a José Manuel Estrada y realizó esculturas dedicadas a San Martín y Belgrano,

además de los bustos de Sarmiento, Brandsen y el general Acha. Cada obra fue un gesto de construcción simbólica: rostros y figuras que encarnan ideales,

historia y nación. Entre sus creaciones más emblemáticas se encuentra La ola, emplazada en la Costanera de la Ciudad de Buenos Aires, donde el movimiento

del agua parece eternizado en bronce, como si el impulso vital del artista hubiese quedado suspendido para siempre frente al río.

Nicolás Isidro Bardas falleció en 1952, en la misma ciudad que lo vio nacer. Sin embargo, su legado continúa erguido en plazas, avenidas y espacios públicos,

donde el arte se vuelve memoria y la materia, vencida por el talento, adquiere alma.

Recopilación: José C. Massolo

Texo de referencia LIBRO DEL CINCUENTA ANIVERSARIO Casa Ruiz Perez y Cia. "Casa Bella Vista"

Hablar de Anita Carmen Gentile, nuestra querida Chela, es nombrar la voz honda de General Acha. En sus palabras late la memoria del pueblo,

el susurro del viento pampero y esas pequeñas historias que solo el corazón atento de una escritora comprometida sabe rescatar del tiempo.

Este trabajo representa un valioso aporte a la inclusión y a la accesibilidad. A través de este libro, la historia se vuelve más cercana, más visual y más sensible. Nos invita a mirar la diversidad desde la empatía y a seguir construyendo juntos un entorno donde cada voz y cada modo de comunicar sean valorados. Una iniciativa del Consejo Municipal para personas con discapacidad, con el apoyo y el aporte de diferentes actores sociales que se comprometieron con esta labor. 

Nació en Guardia del Monte, provincia de Buenos Aires, el 11 de noviembre de 1875.
Llegó a General Acha en 1898 y se radicó en este suelo, dedicándose a la ganadería. En 1918 fundó en este lugar una filial de su partido, la Unión Cívica Radical, a la que profesó lealtad.

Fue electo por primera vez en 1913, cargo para el que fue reelegido durante casi 25 años de forma consecutiva, gracias a una trayectoria honrosa y limpia que le otorgó el distintivo personal de ser una persona seria y justa, ganándose así el aprecio de sus vecinos.

Con el tiempo, regresó a Buenos Aires, donde fijó su residencia. Falleció el 27 de abril de 1948. En su honor, el bulevar del barrio que lleva su nombre fue el lugar indicado para levantar un arco alegórico, donde se colocó una placa en su memoria.

Cuando General Acha cumplió 89 años, el 12 de agosto de 1971, dedicó su festejo a la memoria de Don Martín Larraburu.

  https://www.youtube.com/watch?v=kMPXBKEGmCM

QUETRÉ HITRÚ LAFQUÉN (La Laguna del Caldén Solitario)

Los componentes de la tribu del cacique Tranahué, montados en sus caballos, cruzaban la extensión arenosa.

Corrían en tropel manejando a las bestias con habilidad consumada, montados en pelo y formando, jinete y cabalgadura un todo indivisible.

Volvían luego de haber realizado un malón a las estancias próximas y transportaban el botín, conquistado entre gritos destemplados y carreras locas.  

Como de costumbre, los hombres, montados en sus caballos, habían atacado a los pobladores con sus lanzas y boleadoras, mientras las mujeres y los muchachos

indios, que siempre marchaban detrás, en el momento del asalto, habían entrado a las habitaciones, apoderándose de todo cuanto encontraron a mano. Confiados y

contentos cruzaban el arenal cuando tuvieron una sorpresa por demás desagradable. Conocedores del lugar y de las costumbres, y poseedores de una gran agudeza visual,

no pasó inadvertida para ellos una nube de polvo que se levantaba en la lejanía y que se dirigía a su encuentro.

Era un tropel de jinetes que se acercaban. Debían ser, sin duda, de la tribu de Cho-Chá, el temido cacique que venía a atacarlos.

Tranahué dio las órdenes necesarias para ponerse en guardia. Sus acompañantes se dispusieron a la defensa. Los indígenas de pronto estuvieron sobre ellos con la fuerza

de sus lanzas de caña tacuara y la ferocidad de sus instintos.

Su propósito era apoderarse del botín logrado en el malón por sus tradicionales enemigos. Se trabaron en lucha feroz. Los atacantes, más fuertes y numerosos,

consiguieron vencer, huyendo con los animales robados a la tribu enemiga.

En el campo había quedado el cacique Tranahué malherido y desangrándose.